Prólogo
Amigo lector tiene en sus manos un nuevo Dietario Taurino. Nuevo en la secuencia de un clásico lo que indica su excelencia, su continua adaptación a su tiempo y sobre todo su utilidad mucho más allá de ser un volumen más de destino en la librería de cada hogar. Es el que debe acompañar a cualquier profesional o afecto a la tauromaquia durante todo el año 2010, ¿por qué?
Les cuento. Como profesional de la comunicación con más de 30 años de trayectoria afirmo que muchas herramientas para el ejercicio laboral han sido o renovadas o sustituidas por otras, principalmente desde la evolución de internet, una revolución, más bien, y que ha modificado técnicas y estrategias informativas en el seguimiento de la actualidad y primordialmente en cuanto al acopio de documentación. El Dietario, en permanente renovación, no es sustituible.
El trabajo del periodista ha ido cambiando al son que le marcado las novedades y sofisticación que ha permitido la red. La captación de noticias mediante el boca a boca y a través del teléfono de baquelita ha ido dando paso a los móviles en su versión frugal pero cálida del diálogo y la más escueta pero permanente (lo escrito se lee) de los sms.
Ahora son un grupo de periodistas, generalmente becarios, los que hacen un barrido intuitivo por la actualidad para “colgarlo” en los portales especializados. Esta circunstancia obliga más que nunca a los profesionales a buscar sobre la noticia publicada el otro lado, el que de personalidad y originalidad al periodista de firma, de reconocido prestigio.
Es cuando el Dietario, antes que ser una publicación cíclica, su riqueza de “fondo de armario” documental, se vuelve realmente imprescindible consultor.
El Dietario es el hecho diferencial, según su manejo, que cualifica y califica, por parte de los lectores, oyentes y televidentes a los profesionales de la información y su trabajo. Es, un suponer, como las escuelas taurinas. Todos tenemos acceso a él, pero de su manejo depende la personalidad que cada periodista quiera transmitir y su poder de convocatoria con “el cliente”.
De ahí su importancia y la necesidad de ser el actual libro de cabecera a guisa de manual, pero no menos importante tener bien a mano toda la colección precisamente por su “raza” que le hace renovarse y superarse, como el toro bravo, en cada edición, al “castigo” de dotar de nueva documentación de un año para otro sin caer en la comodidad de con “cuatro lances” y “dos trincherazos” cambiar en la tapa el número del año.
Observarán que cuando me refiero al Dietario lo hago siempre con mayúscula. Aunque es una obviedad, si es necesario refutar que Dietario Taurino no hay más que uno el clásico, el genuino, el de Antonio Picamils. Como dirían los grandes maestros de la locución publicitaria tipo Juan de Toro, el Dietario “es casa central y no tiene sucursales”. Absténganse aquellos que quieran ponerse a la “pala del pitón” con “cosas similares” y por lo tanto es menester rechazar imitaciones. Y haberlas, haylas. Porque como dijo el clásico “bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”. Y no es que el Dietario los tenga como publicación completa; su única tara es hacer de la necesidad virtud y que cada nueva publicación como ésta de 2010 corrige y aumenta la calidad del anterior.
En ello reside el éxito y el mérito de Antonio Picamils. Un hombre al servicio “del toro”, discreto pero eficaz sobre el que se está tardando ya, en que los profesionales del periodismo especializado le rindamos tributo de agradecimiento.
Yo lo hago desde estas líneas, sintiéndome honrado por haberme elegido para este prólogo.PEDRO JAVIER CACERES, PERIODISTA.